
Dr. Ronald Parra: Cuando la estética masculina también es parte de la consulta.
Cada septiembre, la urología pone el foco en la importancia de cuidar y prevenir las enfermedades del sistema urinario y
Siempre he creído que el conocimiento solo se convierte en negocio cuando alguien decide cobrarlo. Puedes acumular años de experiencia y seguir ganando lo mismo de siempre, porque dentro de una empresa esa experiencia viene incluida en el sueldo. Afuera hay que ponerle precio. Yo aprendí eso en Nepal, no en una sala de reuniones.
Llevaba más de una década en marketing corporativo, los últimos años en Deloitte y la dejé enamorada de mi trabajo, eso hay que decirlo. Renuncié porque con mi marido decidimos apostar por un proyecto en el extranjero, estudiar postgrados en Europa. Nos instalamos en Francia y empezamos de cero ahí, los dos.
Meses después, un vuelo cancelado por la guerra entre Irán e Israel nos dejó varados varios días en Nepal, de regreso a Francia, sin certeza de si alguna aerolínea lograra abrir una ruta que no cruzara esa zona. Angustiada, con todo eso dando vueltas al mismo tiempo, empecé a pensar en algo que no tenía que ver con el vuelo. Si lograba volver, iba a dejar de esperar el momento perfecto para apostar por lo mío.
Ahí, entre la incertidumbre y el encierro, dediqué esos días a algo que nunca me había dado el tiempo de hacer, investigar, pensar y ser creativa con mis propias posibilidades. Se me ocurrió algo que había tenido delante todo este tiempo y que jamás me había detenido a mirar. Podía hacer exactamente lo que hacía en mi última experiencia corporativa, pero para empresas medianas que jamás podrían pagar ese cargo de forma interna. No tenía que inventar un servicio nuevo, tenía que venderlo.

Ahí está el error que más veo en profesionales que quieren dar el salto. Piensan que monetizar su conocimiento significa reinventarse. No es así. Significa dejar de esconder lo que ya construyeron adentro de una oficina y empezar a cobrarlo afuera.
Llegué a Francia y empecé a grabar contenido para posicionar mi marca personal, sin certeza de que funcionaría. Un mes después, llegó mi primer cliente. Ese mes confirmé algo que ya intuía, la visibilidad sostenida pesa más que cualquier táctica aislada.
Hoy vivo en Madrid y mi negocio no tuvo que adaptarse al cambio de país, se movió conmigo, como se mueve cualquier activo que no depende de una oficina ni de una dirección fija. Esa libertad no aparece en ningún estado de resultados, pero es, quizás, el retorno más alto que me ha dado monetizar lo que sé.
Camila Oyarce — Marketing & Reinvención

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En FORBIA hemos visto pasar cientos de emprendimientos exitosos que nacieron en la pandemia. Muchos de los emprendedores que hemos