La transversalidad como ventaja competitiva

El salto alto en el desarrollo profesional

Durante mucho tiempo, el desarrollo profesional exitoso se entendió como un camino predominantemente vertical: avanzar rápido, subir de cargo, acumular responsabilidades y especializarse cada vez más. En ese relato, detenerse, cambiar de área o profundizar en funciones operativas suele interpretarse como una pausa innecesaria, cuando no como un retroceso. Sin embargo, en industrias complejas como la financiera, esa lógica empieza a mostrar sus límites.

En el deporte del salto alto, el foco suele ponerse en el momento del despegue: el instante en que el atleta se eleva y supera la barrera. Pero quienes conocen la disciplina saben que ese salto no existe sin los pasos previos. La carrera, el ritmo, la técnica y la coordinación en el mismo nivel son los que permiten que el salto ocurra. Sin una base sólida, no hay altura posible. En el desarrollo profesional ocurre algo muy similar.

Esta reflexión no nace desde la teoría, sino desde la experiencia. A lo largo de mi trayectoria he transitado por distintas áreas del mundo financiero: planificación financiera, servicio al cliente, cobranza, desarrollo de productos y proyectos, y actualmente ventas. No fue un recorrido lineal ni estratégicamente diseñado desde el inicio, sino una secuencia de experiencias que, con el tiempo, comenzaron a conectarse y a cobrar sentido.

Ese tránsito me permitió comprender algo fundamental: los negocios no se sostienen únicamente desde la estrategia ni desde los números. Se construyen en la operación diaria, en la relación con el cliente, en la gestión del riesgo y en decisiones que muchas veces se toman lejos de los cargos más visibles. Áreas como Servicio al Cliente o Cobranza, frecuentemente percibidas como operativas y poco estratégicas, resultan clave para entender cómo una compañía retiene clientes, protege su cartera, cuida su reputación y asegura la sostenibilidad del negocio en el largo plazo.

Cuando más adelante me tocó participar en el desarrollo de productos y proyectos, esa experiencia previa se transformó en una ventaja concreta. Analizar la rentabilidad, diseñar ofertas o evaluar el desempeño de un producto cambia por completo cuando se comprende qué ocurre después de la venta, cómo impactan las decisiones en el cliente final y qué riesgos se generan cuando la estrategia no conversa con la operación. Es ahí donde la mirada holística deja de ser un concepto abstracto y se vuelve una herramienta real para tomar mejores decisiones.

Aquí aparece un punto central que suele generar resistencia: construir una mirada transversal no significa renunciar al crecimiento profesional ni postergar ambiciones. Tampoco implica “partir de nuevo” o conformarse con menos. Significa, más bien, no tener miedo a dedicar más tiempo a entender el negocio desde sus distintas aristas antes de buscar un crecimiento estrictamente vertical. Es una inversión de tiempo que entrega contexto, criterio y una capacidad de análisis mucho más robusta.

Hoy, desde el área comercial, esta idea se vuelve aún más evidente. La venta deja de ser solo el cumplimiento de una meta cuando se conecta con la evaluación de riesgo, la rentabilidad del negocio y el impacto real en la vida del cliente. Cada decisión comercial se toma con una perspectiva más amplia, alimentada por experiencias previas en áreas que, aunque distintas, están profundamente interconectadas. Entender qué ocurre cuando un cliente no paga, cómo se gestiona una cobranza o qué promesas hace un producto permite vender con mayor responsabilidad y conciencia.

La transversalidad también revela algo especialmente valioso: muchas áreas del negocio comparten lógicas comunes, aunque se expresen de manera distinta. Quien ha estado cerca del servicio al cliente comprende mejor las dinámicas de cobranza; quien ha participado en desarrollo de productos se mueve con mayor criterio en ventas; y quien ha pasado por la operación toma decisiones estratégicas con mayor cautela. No se trata de saber de todo superficialmente, sino de haber estado el tiempo suficiente en cada rol para entender cómo las piezas encajan entre sí.

Recorrer distintas áreas no solo enriquece el perfil profesional, sino que moldea una forma distinta de tomar decisiones: más informada, menos apresurada y con mayor conciencia del impacto que cada acción tiene en el conjunto del negocio. El crecimiento vertical llega, pero lo hace con bases más firmes cuando antes hubo disposición a aprender, observar y equivocarse sin miedo a ningún rol.

En un contexto donde las empresas demandan cada vez más miradas integrales, la transversalidad deja de ser un desvío del camino y se convierte en una ventaja competitiva. No solo para desarrollar mejores productos o tomar mejores decisiones, sino para construir carreras profesionales con proyección, criterio y sentido. Como en el salto alto, elevarse es importante, pero solo es posible cuando antes se ha recorrido el terreno con atención, disciplina y propósito.

 

Christina Dávila Low

Ingeniera Comercial especializada en finanzas, con experiencia transversal en la industria financiera.

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