La sostenibilidad no es solo de color verde

Durante mucho tiempo nos enseñaron a pensar la sostenibilidad con un solo color: verde.

Verde como el reciclaje, como los árboles, como la huella de carbono, como la moda “eco”, como las etiquetas que prometen menor impacto ambiental. Y por supuesto: el planeta importa. La naturaleza importa. Sin ella, no hay futuro para el planeta ni para la humanidad.

Pero la sostenibilidad no se juega solo ahí.

Porque un sistema puede ser ambientalmente correcto y, al mismo tiempo, profundamente frágil si las personas que lo sostienen no logran sostenerse entre sí.

Dicho de otra forma: un país no se sostiene solo con crecimiento económico, innovación o recursos naturales. Se sostiene, sobre todo, por las personas que lo hacen funcionar día a día. Por su desarrollo integral y por el equilibrio del sistema que las contiene.

Se sostiene por su educación.
Por su salud mental.
Por el cuidado de unos a otros.
Por la existencia de redes que funcionen.
Por normas que se cumplan y se respeten.
Por seguridad, confianza y cohesión social.

Y esa responsabilidad no recae en un solo actor.

Parte importante de ella está en el Estado, cuando diseña políticas que entienden que la prevención —aunque no siempre dé réditos inmediatos ni permita cortar cintas— es la política más barata y más sostenible en el largo plazo.

Pero también está en las empresas y sus líderes, cuando diseñan culturas de mejora continua y crecimiento económico, junto con buenas condiciones de trabajo y oportunidades reales de desarrollo para las personas.

Está en los trabajadores y trabajadoras, cuando asumen su rol dentro del colectivo, con derechos y deberes, aportando cada día desde su lugar.

Está en los docentes y el personal de salud, cuando cuidan cuerpos, mentes y futuro.

Está en las redes comunitarias, que contienen donde el sistema no siempre llega.

Y también está en cada uno de nosotros, desde nuestra individualidad, cuando actuamos con conciencia de que formamos parte de algo mayor.

Todo esto exige un cambio de foco.
Y un cambio de horizonte.

La aguja del corto plazo importa. Es inevitable. Vivimos del fin de mes, de resultados, de urgencias, de decisiones que no pueden esperar. Pero una sociedad no se sostiene mirando solo el próximo mes, el próximo trimestre o el próximo ciclo político.

El verdadero desafío es lograr, como sociedad, el click de que el largo plazo no es una abstracción, sino una decisión del día a día. Que individuos, empresas, comunidades y Estado entendamos que, para sostenernos en el tiempo, necesitamos salir de nosotros mismos y pensar en el bien mayor.

Para que eso ocurra, también es necesario salir de las trincheras ideológicas. Dejar de mirar la realidad solo desde posiciones rígidas y defensivas, y abrirnos a la empatía: la capacidad de comprender que el otro —persona, empresa o Estado— también opera bajo tensiones, límites y responsabilidades reales. Y que lo que yo hago, o dejo de hacer, también afecta a otros.

La sostenibilidad humana no se construye desde bandos enfrentados, sino desde la comprensión de que vivimos en un sistema común. Que lo que afecta a otros, tarde o temprano, nos afecta también a nosotros. Y que el bienestar no es solo algo bonito, sino necesario.

Porque nadie puede solo.
Nos debemos unos a otros.
Y nos necesitamos.

Eso exige colaboración inteligente. Entender que no todos tenemos que hacerlo todo, sino que cada uno puede especializarse en aquello que hace mejor, y desde ahí saber pedir ayuda, ofrecer y complementarse con otros. Porque en los sistemas que funcionan, dar no es perder: es invertir en un equilibrio que, tarde o temprano, vuelve.

Esa es la fuerza real de una sociedad: no la suma de esfuerzos aislados, sino una fuerza en masa orientada a un propósito común.

En esa lógica, cuidar a quienes se ocupan del desarrollo del país no es solo justo: es estratégico. El desarrollo importa, y sin él nada es sostenible. Pero con la misma relevancia, es estructural cuidar a quienes cuidan, y que el Estado y quienes lideran el desarrollo entiendan que no hacerlo termina afectando también a ellos.

Hablo de quienes se hacen cargo de la educación, de la salud, de la seguridad, del cuidado de otros, de la educación cívica y de que las instituciones operen con ética y foco en el bien común: personas y organizaciones que sostienen lo esencial, muchas veces bajo presión, desgaste o invisibilidad.

Si no cuidamos esas capas, ningún crecimiento se sostiene.
Si no protegemos a quienes sostienen el sistema, el sistema se debilita desde dentro.

Pensar en lo humano no es frenar el desarrollo.
Es darle base.
Es hacerlo viable.
Es hacerlo sostenible en el largo plazo.

 

María Jesús Flores Ferrés

Socia Fundadora de KOLMMA

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